lunes 9 de noviembre de 2009

A filo de cuchillo





Su fin estaba cerca, su olfato de reportero se lo decía, sabía que el ocaso de su roja existencia estaba a la vuelta de la esquina. Las pesadillas se volvieron más insoportables, las visitas de los protagonistas difuntos de sus historias noticiosas se tornaron más recurrentes. El miedo a morir mutó a una ansiedad descontrolada.
Una noche, una de las peores que sufrió, en medio de tanta tinta roja que lo rodeaba y los recuerdos de su pasado sucesero, finalmente dio en el clavo. Fue como si en su cabeza alguien hubiera gritado “¡paren máquinas!”, como si hubiesen dado con una primicia, una información exclusiva y capaz de revolucionar el mundo.

Gallo Tapado




Aquella voz desgarradora, carente de palabras, lejos de callar, aumentaba, mientras el cristal de las ventanas se protegía contra los arañazos de lo que parecían ser unas filosas garras. Con más testículos que razón jalé la cortina con todas mis fuerzas dispuesto a enfrentarme con el vampiro, demonio, extraterrestre o maleante que estuviera del otro lado del vidrio. Con la ventana desnuda, el sol de las nueve de la mañana entró feroz a mi cuarto cegándome por un par de segundos. Cuando pude abrir un poco los ojos, vi un viejo hombre descamisado que colgaba, cual si fuera trapecista de circo, de la ventana de mi cuarto, pronto a caer en el jardín.
Balbuceaba un léxico incomprensible, pedía ayuda para no llevarse semejante caída, claro que me di cuenta de eso hasta que se desplazaba por los aires. Cayó directamente en el palo de mango, su último grito, más que tenebroso, fue gracioso, fue algo así como “echen paja”, pero en su lenguaje de sordomudo.

miércoles 28 de octubre de 2009

CANÍBALES




Yo observaba aún sin meterme de lleno en el ambiente, de pronto la princesa, notando que estaba distraído, fijó su mirada en mí.
Mi corazón latía apresurado, ella se acercó lentamente con su cuerpo desnudo, como si caminara por una pasarela de Milán, derramó aceite en mis manos temblorosas, invitándome a acariciar su cuerpo de amazona, mientras decenas de vikingos me vitoreaban, borrachos de lujuria.

mar picado





Cada vez estábamos más adentro del mar, mi madre con sus brazos ocupados no podía llevarnos a tierra, le era imposible, la corriente era brutal, el océano nos quería tragar vivas. El agua se me empezó a meter por la nariz, la espuma me obligaba a cerrar los ojos, era inútil patalear, me aferraba a mi madre con las uñas, a lo lejos, muy lejos, escuchaba la tos de mi hermanita y su llanto ahogado en marea. El sabor a sal me atormentaba, de cuando en cuando apenas lograba estirar la cabeza para que mis fosas nasales pudieran jalar un poco de aire y luego de vuelta al agua; las olas nos empujaban rudas a la orilla, pero la corriente, aún más grosera, nos regresaba a la tempestad. Yo solo me aferraba al brazo de mamá y escuchaba su respiración de batalla… El océano lejos de calmar, se picó más; entonces, el llanto de fondo de mi hermana se apagó, pensé que el agua me había tapado los oídos porque una vez que ella calló todo se enmudeció, no había más ruido que el silencio…