
Su fin estaba cerca, su olfato de reportero se lo decía, sabía que el ocaso de su roja existencia estaba a la vuelta de la esquina. Las pesadillas se volvieron más insoportables, las visitas de los protagonistas difuntos de sus historias noticiosas se tornaron más recurrentes. El miedo a morir mutó a una ansiedad descontrolada.
Una noche, una de las peores que sufrió, en medio de tanta tinta roja que lo rodeaba y los recuerdos de su pasado sucesero, finalmente dio en el clavo. Fue como si en su cabeza alguien hubiera gritado “¡paren máquinas!”, como si hubiesen dado con una primicia, una información exclusiva y capaz de revolucionar el mundo.


