Tacón punta, tacón punta... caminar es todo un arte para ellas, una mezcla de equilibrio y destreza que han logrado conquistar con mucha práctica, pues los zapatos de plataforma que calzan al trabajar no fueron diseñados pensando en su anatomía masculina.
Son hombres que en su adolescencia se percataron de que les había tocado el cuerpo equivocado y se rehusaron a vivir negando su esencia. Se aventuraron entonces no solo a vestir como mujeres, sino a adoptar por completo el género femenino.
Las circunstancias las hicieron ejercer como trabajadoras sexuales, a caminar por las calles en busca de clientes anónimos, sorteando el frío de la madrugada, peligros nocturnos, insultos morbosos y el eterno descontento de los vecinos de las zonas que frecuentan.
Nunca pierden el glamour. La elegancia está en el contoneo, y el secreto, en tener la frente en alto, de forma digna y orgullosa, incluso con un poco de soberbia, al estilo Sex and the city o American Next Top Model, series de las que Angie, Alondra y Antonieta se confiesan amantes.
Matablanco
historias cotidianas, ficciones y alucinaciones de cualquiera que se asome al bulevar de la nostalgia, los recuerdos y la imaginación
domingo 18 de septiembre de 2011
lunes 13 de junio de 2011
lunes 6 de junio de 2011
Pesadilla

Voy corriendo, me sigue, escapo de nuevo, me atormenta. Es un fantasma que quiere volverme loco. Siempre trato de huir, siempre corro. Siento su respiración en mis pensamientos, el roce de sus pasos sobre mi sombra. Siento que me va a atrapar, el monstruo me come, me engulle, me devora.
Sé que es un sueño, una pesadilla.
No puede atraparme, no otra vez, corro, corro... grito, grito. Maldita pesadilla, maldito tormento. Voy a volverme loco.
No puedo dejar que me atrape, no otra vez, no podré resistirlo de nuevo.
Me acorrala, me tiene contra la pared.
Esta listo para atacarme, pero logro por fin abrir los ojos. Vuelvo a la realidad, estoy en mi cama de siempre, en mi habitación de siempre, solo, una vez más solo. El monstruo me atrapó de nuevo.
lunes 30 de mayo de 2011
Tiempos mejores

Aún yacía en las sabanas blancas apestosas a sexo…
El Cazador ya se había ido y se había llevado una buena parte de la mercancía con él, ella había consumido otro tanto, estaba tan colocada que aún no había caído en cuenta de que tenía que ir hacer una entrega a la calle Del Bosque, ni se preocupaba de cómo sustituiría el faltante… “pondré un poco de harina y ya está”, pensó relajada.
De pronto llamaron de forma brusca a la puerta; no le dio tiempo de levantarse, ni de temer que Narcóticos había dado con ella, ya la policía había irrumpido en la habitación.
Era el agente Wolf, su cabello blanco era un reflejo de sus años de experiencia y su enorme mentón una señal de su ferocidad.
-Tranquila Blanca, no he venido por ti- dijo aparentando tranquilidad.
-Danos a la Abuela, dinos como dar con ella y te dejó en paz- añadió.
Ella se puso de pie, caminó hacia donde estaba su enemigo y le susurró en su enorme oreja: “prefiero que me abras el estómago con un hacha antes de hablar”.
Enfurecido Wolf le dio un bofetón que la hizo volar hasta la cama.
Sintió que algo le escurría por la nariz, se limpio con sus finos dedos y observó un líquido espeso y rojo, recordó entonces tiempos mejores.
viernes 27 de mayo de 2011
Conversación entre madre e hijo

Entró como siempre entraba, tratando de no hacer bulla para no despertar a su madre, pero su motocicleta, esa motocicleta del demonio, ya la había despertado de su letargo.
– ¿Quién anda ahí? – preguntó ella casi que por cumplir el protocolo, pues estaba segura de que era él.
– Yoooo- respondió el hijo con tono quedo, pensando en sus adentros lo absurdo de la pregunta, pues ningún intruso atendería el llamado.
El diálogo de preguntas y respuestas innecesarias al filo de la madrugada ya era una constante entre madre e hijo.
El muchacho subió a su cuarto de forma sigilosa, entró al baño y se lavó la cara dispuesto a ir por fin a descansar. Su madre lo alcanzó para intercambiar un par de palabras con él antes de que se desvaneciera como siempre lo hacía al cabo de unos cuantos minutos.
– ¿Cómo te fue?-
– Bien ma –
– Maldita moto – reclamó la señora.
– Ya mami, no se ponga así, ¡que pereza!, le he dicho que no puedo devolver el tiempo, a lo hecho pecho –
– Varia gente me ha ofrecido plata, buena plata por ella-
– ¿Quienes? – la cuestionó el muchacho.
– Mario, el de enfrente, pero que va… yo no le podría hacer eso a su mamá, prefiero que esa moto se pudra en el garaje –
El muchacho suspiró harto del recurrente tema de nunca acabar e intentó desviar el rumbo de la conversación.
-¿Y las tías?-
La madre se encogió de hombros.
Entonces reinó el silencio por fugaces segundos que se sintieron como siglos inconclusos. La mujer se perdió en el rostro del hombre que tenía en frente, pese a que ella lo veía aún como un niño, como el mismo travieso que se escapaba de los oficios de la casa para jugar mejenga con los demás chiquillos del barrio.
Sus labios comenzaron a temblar, sus ojos se llenaron de lágrimas, sus piernas trastabillaron, debió arrodillarse para no caer. Hacía mucho que no se ponía así.
El muchacho bajó la cabeza y le pidió a su mamá que se controlara.
– ¡A no mami!, usted sabe que así no funcionan las cosas, deje de llorar–
– Perdón, es que todavía no me acostumbro a que estés muerto –
El despertador

Pensábamos que al casarnos íbamos a estar más tiempo juntos, pero en realidad lo único que nos trajo el matrimonio fue un tsunami de responsabilidades, tantas y tan complejas obligaciones, que todo nuestro tiempo se iba, lo desperdiciábamos en atenderlas.
Todo el día trabajando, todo el día pensando en pagar esa maldita casa que tanto queríamos, pero que ahora era lo que nos mantenía separados.
Solo nos quedaba la madrugada, solo ese instante para compartir dormidos, abrazados, desnudos, queriendo que nunca sonara el despertador, pellizcándole tiempo a la vida.
A veces soy yo quien llegó ya cuando tus ojos están cerrados, a veces eres tu quien llegas cuando yo ya he perdido la batalla contra mis párpados; pero, no importa… estamos juntos, al fin juntos.
Nada importa desde el momento en que nos acostamos hasta que suena el despertador. Es el mejor momento del día, allí no hay preocupaciones, allí te amo y me amas, allí tu eres mía y no de tus obligaciones, soy tuyo y no de las responsabilidades que me agobian.
Ese instante es roto por el timbre intermitente y desesperante del despertador odioso, maldito sonido que nos devuelve a la realidad y nos hace abrir los ojos y despertar de nuestros sueños.
Yo soy quien me levanto con el primer timbrazo y me enrumbo a la ducha aperezado y extrañándote en cada paso que doy.
Con el acumulado de las noches mi paciencia se agota, las madrugadas cada vez son más cortas, estoy a punto de volverme loco, de despedazar a martillazos el aparato, de gritar y confesar que no puedo, no puedo con esta vida; pero me aferro a mi cordura, me aguanto y resignado me preparo para levantarme con esa alarma infernal. Justo cuando iba a poner el primer pie en el suelo, presto a abandonar la cama, me jalas el brazo medio dormida y me dices balbuceando: “Tranquilo, puse el despertador una hora antes, para engañar al tiempo”.
Me vuelvo a acostar contento, tengo una hora más contigo… Hasta con diez minutos me hubiera conformado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)