viernes 27 de mayo de 2011

Conversación entre madre e hijo




Entró como siempre entraba, tratando de no hacer bulla para no despertar a su madre, pero su motocicleta, esa motocicleta del demonio, ya la había despertado de su letargo.
– ¿Quién anda ahí? – preguntó ella casi que por cumplir el protocolo, pues estaba segura de que era él.
– Yoooo- respondió el hijo con tono quedo, pensando en sus adentros lo absurdo de la pregunta, pues ningún intruso atendería el llamado.
El diálogo de preguntas y respuestas innecesarias al filo de la madrugada ya era una constante entre madre e hijo.
El muchacho subió a su cuarto de forma sigilosa, entró al baño y se lavó la cara dispuesto a ir por fin a descansar. Su madre lo alcanzó para intercambiar un par de palabras con él antes de que se desvaneciera como siempre lo hacía al cabo de unos cuantos minutos.
– ¿Cómo te fue?-
– Bien ma –
– Maldita moto – reclamó la señora.
– Ya mami, no se ponga así, ¡que pereza!, le he dicho que no puedo devolver el tiempo, a lo hecho pecho –
– Varia gente me ha ofrecido plata, buena plata por ella-
– ¿Quienes? – la cuestionó el muchacho.
– Mario, el de enfrente, pero que va… yo no le podría hacer eso a su mamá, prefiero que esa moto se pudra en el garaje –
El muchacho suspiró harto del recurrente tema de nunca acabar e intentó desviar el rumbo de la conversación.
-¿Y las tías?-
La madre se encogió de hombros.
Entonces reinó el silencio por fugaces segundos que se sintieron como siglos inconclusos. La mujer se perdió en el rostro del hombre que tenía en frente, pese a que ella lo veía aún como un niño, como el mismo travieso que se escapaba de los oficios de la casa para jugar mejenga con los demás chiquillos del barrio.
Sus labios comenzaron a temblar, sus ojos se llenaron de lágrimas, sus piernas trastabillaron, debió arrodillarse para no caer. Hacía mucho que no se ponía así.
El muchacho bajó la cabeza y le pidió a su mamá que se controlara.
– ¡A no mami!, usted sabe que así no funcionan las cosas, deje de llorar–
– Perdón, es que todavía no me acostumbro a que estés muerto –