viernes 27 de mayo de 2011

El despertador




Pensábamos que al casarnos íbamos a estar más tiempo juntos, pero en realidad lo único que nos trajo el matrimonio fue un tsunami de responsabilidades, tantas y tan complejas obligaciones, que todo nuestro tiempo se iba, lo desperdiciábamos en atenderlas.
Todo el día trabajando, todo el día pensando en pagar esa maldita casa que tanto queríamos, pero que ahora era lo que nos mantenía separados.
Solo nos quedaba la madrugada, solo ese instante para compartir dormidos, abrazados, desnudos, queriendo que nunca sonara el despertador, pellizcándole tiempo a la vida.
A veces soy yo quien llegó ya cuando tus ojos están cerrados, a veces eres tu quien llegas cuando yo ya he perdido la batalla contra mis párpados; pero, no importa… estamos juntos, al fin juntos.
Nada importa desde el momento en que nos acostamos hasta que suena el despertador. Es el mejor momento del día, allí no hay preocupaciones, allí te amo y me amas, allí tu eres mía y no de tus obligaciones, soy tuyo y no de las responsabilidades que me agobian.
Ese instante es roto por el timbre intermitente y desesperante del despertador odioso, maldito sonido que nos devuelve a la realidad y nos hace abrir los ojos y despertar de nuestros sueños.
Yo soy quien me levanto con el primer timbrazo y me enrumbo a la ducha aperezado y extrañándote en cada paso que doy.
Con el acumulado de las noches mi paciencia se agota, las madrugadas cada vez son más cortas, estoy a punto de volverme loco, de despedazar a martillazos el aparato, de gritar y confesar que no puedo, no puedo con esta vida; pero me aferro a mi cordura, me aguanto y resignado me preparo para levantarme con esa alarma infernal. Justo cuando iba a poner el primer pie en el suelo, presto a abandonar la cama, me jalas el brazo medio dormida y me dices balbuceando: “Tranquilo, puse el despertador una hora antes, para engañar al tiempo”.
Me vuelvo a acostar contento, tengo una hora más contigo… Hasta con diez minutos me hubiera conformado.